31 diciembre 2012
‘House of Cards’, magistral serie sobre la ambición
Que la inmundicia se esconde en los despachos oficiales lo sabemos de sobra, quizás más ahora que nunca debido a estos ‘tiempos interesantes’ que nos han tocado vivir. Lo único que puede consolarnos (al menos a mí me reconforta) es saber que los políticos tienen a sus peores enemigos muy cerca de ellos, susurrándoles al oído palabras de aliento, hinchando su vanidad con palmadas en el hombro y sonrisas amistosas. Son ratas taimadas, resbaladizas, capaces de lo que sea por sobrevivir y medrar. De hecho, ‘House of Cards’, una de las mejores series sobre corrupción y ambición que he visto nunca, utiliza las ratas como elemento simbólico mediante la intercalación de planos de estos desagradables animalitos, con el fin de evidenciar la podredumbre moral de algunos de los personajes.
Considerado uno de los cien mejores programas de la televisión británica, ‘House of Cards’ se adentra en los sórdidos vericuetos de la amoralidad, la mentira y la corrupción como características sustanciales de la política. Pero, sobre todo, analiza la rivalidad dentro del propio partido, centrándose en el ascenso al poder del político tory Francis Urquhart, un individuo tan atrayente como abyecto, y sus maquiavélicos planes para obtener el control del grupo conservador tras el gobierno de la Dama de Hierro.
Precisamente la serie se estrenó en 1990 (tras el reinado de Margaret Thatcher y la efervescencia mediática por encontrar un nuevo líder), hecho que generó una gran polémica en torno a ella e impulsó su éxito en el Reino Unido. Además de la idónea coyuntura política que dotaba a ‘House of Cards’ de un fuerte viso de actualidad, la pieza fundamental para cocinar la historia fue la soberbia interpretación de Ian Richardson, que construye de manera fascinante al protagonista de la serie, convirtiéndolo en uno de los mejores personajes que ha dado la televisión.
24 diciembre 2012
‘Homeland’, decepción y tristes carcajadas en la segunda temporada
Indagar en las emociones de los personajes es lo que más me interesa en una serie o, en general, en cualquier obra de ficción. También me gusta que sucedan cosas, que haya acción. Pero, cuando la acción se convierte en lo prioritario y se descuida el aspecto psicológico, se puede caer con facilidad en una vacuidad que acabe provocando desinterés. Quizás esto haya sido lo que me ha ocurrido con la segunda temporada de ‘Homeland’ que, en relación con la primera, ha perdido ese toque de thriller psicológico tan interesante para convertirse en un incesante (e irritante) esfuerzo argumental por conseguir mantener al espectador en vilo a base de situaciones inverosímiles, 'cliffhangers' y formulación de conjeturas que, si se analizan mínimamente, pueden provocar hasta risa.
Porque eso es lo que me ha pasado al volver a revisar la serie antes de hacer el post: que las misiones de Brody y otras peripecias de los personajes me han causado una triste carcajada (seguid leyendo y os lo explicaré con más detalle) y una exclamación mental continua de ¡venga ya! Y las hipótesis que pretendían suscitar el debate y la intriga del espectador, sencillamente desapego. Ni siquiera me ha atrapado la relación entre Brody y Carrie como lo hizo de manera magistral en la primera temporada. Ya no me la creo. Ni tampoco me interesa especialmente saber quién es el topo u otros enigmas de la serie. De hecho, esta temporada de ‘Homeland’, en general, no me ha provocado nada más que un cierto tedio a medida que avanzaban los episodios debido a su falta de credibilidad y a las grandes expectativas creadas. Y eso es malo. Mucho. (Atención, SPOILERS)
18 diciembre 2012
El verdadero rostro de ‘Dexter’
ATENCIÓN, SPOILERS. Hasta la séptima temporada siempre he sentido cierta empatía por Dexter. Aun siendo un personaje completamente enajenado, un psicópata, podía entender su código operativo, tan sui generis, de dar finiquito a los villanos que escapan de la justicia. Pero nunca he dejado de pensar que habría un momento en que Dexter traspasaría ese umbral de límites difusos, y que esa facilidad para empuñar el cuchillo, junto con su egoísmo por mantener una vida ‘normal, le arrastrarían a la perdición.
Pues ese día ya ha llegado, porque en esta séptima temporada ─una de las más impactantes y entretenidas hasta la fecha─, hemos asistido a su caída al infierno. Dexter ha antepuesto su salvaguardia y bienestar personal a todo lo demás. Lo quiere todo: no sólo seguir con sus juegos macabros para calmar a su oscuro pasajero, sino también una vida donde haya cabida para el amor, la familia, el trabajo. Pero este egoísmo, que ya se había iniciado en anteriores temporadas, ha alcanzado su punto álgido al ser descubierto. Al sentirse acorralado, Dexter ha revelado su verdadera identidad y se ha convertido en un monstruo, al mismo nivel que Héctor Estrada, el asesino de su madre. Y lo peor de todo: ha arrastrado con él la integridad de su hermana que, en apariencia, se ha convertido en una asesina (¿habrá muerto realmente LaGuerta?).
12 diciembre 2012
Mi debut radiofónico-seriéfilo en ‘Adictos al Espectáculo’
Hola, amigos y vecinos. Hoy estoy contenta porque el otro día realicé mi debut radiofónico en el programa ‘Adictos al Espectáculo’ de Radio Marca Gran Canaria, junto con el crítico televisivo del diario ‘El Mundo’ Alberto Rey (MOG, cuánto honor) y la seriéfila y experta en marketing Elena Neira. Sólo puedo decir una cosa: me lo pasé genial y disfruté como una enana después de superar mi miedo escénico (ayyyyyyy).
El amable conductor del show, Javier Suárez −junto con su colaborador Harry Callahan−, me contactaron por Twitter −cómo amo esta red social por toda la gente serieadicta que he conocido−, y me preguntó si me gustaría participar en el programa. Una, que es un manojo de nervios, aunque después se pone el traje de ‘profesional’ y no lo aparenta (o eso cree), les dijo que por supuesto. ¡Cómo iba a desaprovechar la ocasión de hablar de series en un medio que me gusta tanto como la radio! (Por cierto, que ya os contaré un día mis pinitos radiofónicos en mi época de estudiante, qué recuerdos).
La propuesta realizada era muy atractiva: escoger la serie que más y menos nos había gustado durante este año (u otro cualquiera) con cancha total para decir lo que quisiéramos. Los que sigáis este blog no os extrañaréis de mis elecciones: por la parte de la filia elegí ‘Treme’, esa serie de David Simon y Eric Overmeyer a partes iguales adorada y vilipendiada de la que ya he escrito varios artículos en el blog. En relación a la decepción televisiva seleccioné ‘Smash’, una serie que se estrelló contra el duro suelo después de un piloto fantástico.
04 diciembre 2012
Treme, cuando no todo está perdido
Cuando veo ‘Treme’ siento una sensación reconfortante que no consigo con ninguna otra serie. Y es extraño, porque lo que se narra no es, ni mucho menos, un cuento de hadas. 'Treme' cuenta historias sobre personas que luchan por sobrevivir. Son historias duras que, en ocasiones, terminan mal. Pero, en medio de la crudeza, al igual que ocurre con la vida misma, se entrecruza el amor, la amistad, la honestidad, la valentía moral, diciéndonos que no todo es negro, que no todo está perdido.
Esta impresión de que la historia es verídica y fluye con facilidad se ha mantenido a lo largo de las tres temporadas. Los que amamos esta serie sabemos que, cuando acabe (y sólo tendremos cinco episodios más, cinco horas de vida de estos personajes con los que hemos sufrido y bailado en el Mardi Gras), esas existencias seguirán en nuestro interior por mucho tiempo. Porque ‘Treme’ es algo único, una serie que deja su huella y transforma tu modo de contemplar otros productos audiovisuales, como lo hizo su día ‘The Wire’ o ‘Los Soprano’.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




